domingo, 31 de mayo de 2009

Un Mensaje a la Conciencia

CON LA MUERTE EN LAS ENTRAÑAS
por Carlos Rey

Ocurrió en agosto de 1974, en el aeropuerto internacional Jorge Chávez de Lima, Perú. La gente entraba y salía, con el nerviosismo propio de un aeropuerto, cuando de pronto un hombre corpulento, de tez bronceada, lanzó un grito desgarrador y cayó al suelo echando espumarajos. Mientras se retorcía de dolor, atormentado por las convulsiones, las autoridades del aeropuerto llamaron una ambulancia. En cuestión de segundos su rostro se puso blanco como la cera.

Se trataba de Curtis Melvin Carnes, norteamericano de veintisiete años de edad, oriundo de la ciudad de Austin, capital del estado de Texas en los Estados Unidos. Lo llevaron de emergencia al hospital, pero ya era demasiado tarde. Falleció poco después de haber entrado en la sala de operaciones.

Al hacerle la autopsia, los médicos forenses casi no podían creer lo que estaban viendo. Había en el estómago de aquel individuo 123 bolsitas de plástico que contenían 335 gramos de clorhidrato de cocaína.

La muerte del contrabandista se debió a un edema pulmonar por intoxicación, al reventarse doce de las bolsas en su estómago. Esta tragedia fue el inicio de una investigación minuciosa cuyo fin era desmantelar las actividades de una bien montada banda internacional de narcotraficantes.

Días después las autoridades detuvieron a otro norteamericano, llamado Thomas Wolfe, universitario de veintitrés años, a quien ingresaron en un hospital, donde expulsó veintitrés bolsitas de plástico, también llenas de droga.

¿Qué hace que una persona se disponga a llevar la muerte misma en las entrañas? Una cosa es ingerir la droga en pequeñas dosis, y otra es llevarla dentro en dosis letales. Y sin embargo se han visto muchos casos de individuos que han corrido el enorme riesgo de tragarse ese veneno en bolsitas plásticas a fin de llevarlo de contrabando dentro del cuerpo.

Para los que pensamos que esto no tiene nada que ver con nosotros, tal vez nos convenga volver a pensarlo. Aunque no llevemos ninguna droga por dentro, es posible que sí llevemos otra clase de veneno en las entrañas. ¿Acaso no son el odio y el resentimiento, la codicia y los celos, venenos que tarde o temprano nos consumirán si no los eliminamos a tiempo?

Si llevamos ese veneno en las entrañas, más vale que le pidamos a Dios que saque de nuestro corazón toda bolsa de veneno mortal antes de que estalle en nosotros. Para eso envió Él a su Hijo Jesucristo al mundo: para limpiarnos de todo lo que nos contamina.


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viernes, 29 de mayo de 2009

Un Mensaje a la Conciencia

«ERROR HUMANO, DESCUIDO Y NIEBLA»
por el Hermano Pablo

Uno era un Boeing 727 de Iberia. El otro era un DC-9 de Aviaco. Ambos estaban cargados de pasajeros, y ambos corrían por la misma pista. Era la pista de despegue en el aeropuerto de Madrid, capital de España.

Pero los dos aviones de pasajeros no corrían en el mismo sentido, sino que cruzaron sus líneas. La colisión que se produjo fue fatal. Del terrible choque resultaron muertas noventa y tres personas, tanto del Boeing como del DC-9. Fue uno de los más graves accidentes ocurridos en Madrid en el siglo veinte. ¿La causa? «Error humano, descuido y niebla cegadora», anunciaron los diarios.

Hay en realidad pocos accidentes de aviación en comparación con los miles de vuelos que se realizan todos los días alrededor del mundo. Pero cada vez que hay un accidente grave, la prensa mundial conmueve la opinión pública. Y casi siempre la causa de estos accidentes que cuestan centenares de vidas humanas se atribuye al descuido, a la imprevisión o a la falta de señales adecuadas. En ese accidente de Madrid, la causa fue una niebla cegadora, que apenas dejaba ver, y una falla en la torre de control que le dio pista a dos grandes aviones al mismo tiempo.

Así como sucede con los accidentes aéreos, podríamos decir que las demás tragedias que perjudican a las personas, afectan los matrimonios y destruyen los hogares se deben también a «error humano, descuido y niebla» que enceguece.

Pongamos por ejemplo un matrimonio que llega al juzgado para ponerle fin a su relación conyugal. ¿Cuáles son las causas que han provocado el divorcio? En demasiados casos, error humano, de él o de ella, al entregarse a un amor prohibido.

Y descuido. Descuido de los votos solemnes que se hicieron al comienzo de su vida matrimonial. Descuido de las eternas leyes de Dios. Descuido del amor, de la comunicación y del compañerismo imprescindibles entre esposo y esposa para mantener la unidad y la felicidad.

Y niebla cegadora. Niebla de falsos conceptos del amor. Niebla de la conciencia, que no le importa hacer el mal. Niebla que enceguece, de una mala moral cuya sola base es el egoísmo.

Para evitar semejantes tragedias, necesitamos un Salvador, un Señor y un Maestro que nos ponga en el carril adecuado, nos mantenga en una línea recta de conducta y nos provea una sólida fuerza moral. Necesitamos a Jesucristo, único Maestro, Señor y Salvador. Por Él, y con Él, podemos evitar la desgracia.

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miércoles, 27 de mayo de 2009

Un Mensaje a la Conciencia

AHORA TE TOCA EL TURNO A TI, CUATE»
por el Hermano Pablo

«Ahora te toca el turno a ti, cuate.» La frase, trivial y amistosa, la expresó así, desaprensivamente y entre risas. Y tanto José Hernández Rodríguez, policía de la ciudad de México, como también sus compañeros policías, se rieron.

No se trataba de un turno para tomar un trago más. Ni era un turno para echar de nuevo los dados. No era turno tampoco para poner en marcha el auto policial y salir a hacer un recorrido nocturno. El turno para José, hombre casado de treinta y cuatro años de edad y con cinco hijos, era el de jugar a la ruleta rusa. Y él, creyendo todavía que era algo divertido, se puso el arma en la sien y disparó.

No hace falta terminar la crónica. José Hernández Rodríguez, policía de México, murió jugando a la ruleta rusa con el arma de la repartición, en medio de sus compañeros. Lo que lo movió a entrar al juego mortal con esa desastrosa consecuencia, para él y para su familia, fue la frase: «Ahora te toca el turno a ti, cuate.»

Así procede el maligno cuando busca destruir una vida. Se acerca al oído de un jovencito de doce años y le dice: «Ahora te toca el turno a ti; ¡aprovéchalo!» Y el chico, sin saber que la consecuencia lo destruirá, da su primera aspirada de cocaína. Se acerca al oído de la jovencita incauta y le dice: «Ahora te toca el turno a ti, linda.» Y la chica accede a probar lo que es el amor, con la desastrosa consecuencia de un embarazo a los catorce años, que la deja manchada y confundida el resto de su vida.

Se acerca al oído del atildado y respetado caballero, gran hombre de negocios, y le dice insidiosamente: «Ahora te toca el turno a ti, hombre; ¿qué esperas?» Y el caballero entra en el negocio sucio pensando hacer millones, y lo que saca es un proceso por estafa, y la ruina física, económica y moral.

La tentación siempre hace el mismo juego y casi siempre sale bien. Pone una oportunidad de desliz ante una persona cualquiera y le dice: «Ahora te toca a ti.» Y esa sola frase, aun en voz queda, tiene la fuerza de un Iguazú.

Sin embargo, entre las voces que arrastran al ser humano, no todas lo llevan a la derrota. Cristo también se acerca a cada persona y le dice: «Ahora te toca a ti.» Y es como si dijera: «Esta es la oportunidad de cambiar el rumbo de tu vida, de enmendar tus caminos, de regenerarte por completo, de ser una nueva persona.»

Jesucristo le da sentido a la vida. Él le da propósito a nuestra existencia en esta tierra. Y nos dice con urgencia: «Ahora te toca a ti. Reconcíliate conmigo. Hazlo ahora, ahora mismo.» No rechacemos el llamado de Dios. Él desea poner en orden todo lo negro y confuso de nuestra vida. Entreguémosle nuestro corazón.

martes, 26 de mayo de 2009

Un Mensaje a la Conciencia

26 mayo 09

de nuestro puño y letra
EL HUÉRFANO Y LA VIUDA
por Carlos Rey

—Mamá, Luis eh... huérfano, ¿verdad? No eh hijo suyo...

—¡Luis eh mihijo[, Juanita]! ¡Eh mihijo!

—Sí, mamá, ya sé. Eh como si fuera su hijo. Pero eh hijo de mi padre y de....

—¿Y tú, cómo lo supihte[, Juanita]?

—En el barrio la gente hablaba...

—Y te lo tenían que decir a ti. ¡La gente eh mala, mala!

—¿Y qué mah da? Yo soy mujer, mamá. Entiendo de ehtah cosah. A máh que no importa. Luis eh mi hermano. Siempre ha sío mi hermano. Aunque él no lo sepa, yo...

—¡Pero lo sabe[, Juanita]! ¡Eso eh lo tremendo, que lo sabe!

—¿Lo sabe?

—Sí, nunca me lo ha dicho. Esah cosah no hay que decirla. Pero lo sabe. Y me quiere máh por eso.... ¿Por qué tú creeh que se ehtasaja trabajando como un animal? Porque quiere darme la felisidá a la brava. Porque piensa que pa mí la felisidá eh tener cosah que anteh yo no tenía. ¡Pobre hijo mío! ¡Qué poquito sabe de la felisidá!

—¿Y por qué no habla con él[, mamá]?

—¿Y qué voy a desirle? Tengo mieo de que puea adivinar máh de la cuenta.

—Pero él ya sabe...

—Lo que él adivina no eh máh que la mitad. Pero no sabe la verdá, toa la verdá.

—¿Qué verdá, mamá?

—Juanita, ehto no lo sabe nadie. Ni siquiera la mala gente del barrio. Y Luis no debe saberlo. No debe saberlo nunca.

—No lo sabrá, mamá. Se lo juro por Dióh Santísimo.

—Tu pae tuvo una quería anteh de casarse conmigo. Poco dehpuéh del casorio me dijo que tenía... un hijo de ella, que si yo quería criarlo él lo reconosería y le daría nombre. Le dije que sí. Lo trajo y lo bautisamoh como si fuera nuehtro. La mujer aquella se enquerió con otro, y un día me la encontré en el pueblo. Me dijo entonseh una cosa tremenda. Que Luis no era hijo de mi marío, que ella ehtaba ensinta cuando conoció a mi hombre. Dende entonseh toa mi vida la dediqué a evitar que el difunto se enterara de la verdá. Porque pa él, con lo agentao y pretensioso que era con lah mujereh, eso hubiera sío un gorpe terrible. Y murió sin saberlo. Murió queriendo a Luis máh que a ninguno de uhtedeh.

—¡Mamá, uhté eh una santa!

—¡Una santa! ¡Una santa! Si hubiera sío una santa hubiera podío jaser el milagro de darle la felisidá a ese hijo mío. Hubiera podío jaser que no sintiera la farta de una madre. Pero Luis siempre ha sío un huéfano. ¿No lo veh perdío en ehte mundo que no eh el dél? ¿No te dah cuenta que se la pasa buhcando, como un cabrito perdío que no encuentra a su madre?

—¿Será eso lo que buhca..., mamá?

—No sé[, Juanita]. No sé. Sólo sé que se me ehtá volviendo loco. Loco de pena porque no encuentra lo que buhca.1

En este drama puertorriqueño que lleva por título La carreta, el autor René Marqués presenta con notable fidelidad a las mujeres de la familia campesina que lo protagonizan, entre las que se destaca la madre de cincuenta años. Es extraordinaria y conmovedora la ternura con que Doña Gabriela trata a Luis, su hijo de crianza. Sólo le falta comprender que el Dios Santísimo, por el que jura su hija Juanita, es lo que Luis busca, sin encontrarlo. Porque Dios es padre del huérfano,2 y se compadece de él y lo ayuda.3 El Padre celestial defiende la causa del huérfano y de la viuda, y los sostiene.4
1 René Marqués, La carreta (San Juan, Puerto Rico: Editorial Cultural, 1983), pp. 160‑62.
2 Sal 68:5
3 Os 14:3; Sal 10:14
4 Dt 10:18; Sal 68:5; 146:9

lunes, 25 de mayo de 2009

Un Mensaje a la Conciencia

25 mayo 09

NO SOPORTAR EL DESPRESTIGIO
por el Hermano Pablo

Durante casi todo un mes el hombre llevó en el bolsillo una cajita de lata que contenía tres pastillas. Al preguntársele para qué las tenía, respondía: «Para el dolor de cabeza», o si no: «Para aliviar la tensión.»

Día tras día, mientras iba al tribunal donde se estaba considerando su caso, Donaldo Santos, de São Paulo, Brasil, llevó su cajita en el bolsillo. Cuando por fin el jurado pronunció el veredicto: «¡Culpable!», Donaldo, sereno y tranquilo, pidió un vaso con agua, y de un solo sorbo tomó las tres píldoras. Casi en seguida cayó al suelo. Las pastillas no eran simple aspirina; eran de cianuro.

Donaldo Santos, de cincuenta y tres años de edad y poseedor de fortuna y prestigio social, había cometido un delito que lo mandaría a la cárcel por veinticinco años. De haber sido declarado inocente, nadie jamás hubiera sabido que las pastillas eran de cianuro. Pero cuando lo declararon culpable, sus palabras fueron: «Esto es un remedio para todo.»

Hay hombres que toleran el cometer un delito, y su conciencia poco o nada les dice. Pueden violar las leyes y los dictámenes de su conciencia, y seguir como si nada, disfrutando de la vida. Pero no pueden soportar la pérdida del prestigio social o la de su holgada posición económica. El delito poco importa. Lo que no soportan es la pérdida del prestigio y del bienestar.

Ese es el enorme error de muchos. Por carecer de esa luz roja que se enciende en el alma cuando hay peligro moral, y que se llama «conciencia», siguen adelante con su mal vivir. Viven para el disfrute de la buena vida, con moral o sin ella, con conciencia limpia o sin ella, y perdida la buena vida, se suicidan.

Si lo único que nos interesa es que no se nos descubra, sin importarnos el aspecto moral de nuestra infracción, tarde o temprano tendremos que responder tanto a la ley humana como a la divina. El no hacer el mal debe obedecer a esa inquietud espiritual que todos llevamos dentro, que se llama la ley de Dios. Y esto no sólo como escape a la justicia humana, sino para vivir con la conciencia clara y limpia, sabiendo que estamos bien con nuestro Creador.

Por eso es necesario que arreglemos nuestras cuentas con Dios. Cristo fue a la cruz para librarnos de todo lo malo y ofrecernos una vida nueva. El nuevo corazón que Él nos da nos hace reconocer la importancia de su ley moral. Y cuando nos sometemos a esa ley divina, a la misma vez nos estamos sometiendo a la ley humana. Hagamos de Cristo el Señor de todas nuestras acciones.

sábado, 23 de mayo de 2009

Un Mensaje a la Conciencia

RESCATE Y VUELTA A LA VIDA
por el Hermano Pablo

Un domingo, cuando la familia Desmore terminaba su frío paseo a la isla Kodiak y su pequeña embarcación los llevaba de regreso a la Bahía Larson en Alaska, sufrieron un percance. El barco se hundió con Misty, de tres años, una prima, su madre y su abuelo. Los guardacostas pudieron salvar a la madre y a la prima de Misty, pero el abuelo, Archie, de cincuenta años, murió de hipotermia.

Las esperanzas de los esforzados guardacostas no eran muy alentadoras en cuanto a la pequeña Misty, a quien no encontraban, y el tiempo transcurría en forma amenazante. Por fin hallaron a la niña, que flotaba boca abajo en las heladas aguas del Pacífico Norte. Misty había dejado de respirar hacía casi cuarenta minutos.

El doctor Marty, médico de los guardacostas, personalmente succionó casi un litro de agua marina salobre de los pulmones de la niña. En unión de su ayudante, le aplicó la respiración artificial hasta que ella comenzó a respirar por cuenta propia. Fue así como Misty se reanimó casi milagrosamente, y recibió cuidados intensivos en el Hospital Providence de Anchorage.

Es asombroso el increíble rescate y la milagrosa vuelta a la vida de una pequeña de tres años que prácticamente estuvo muerta a merced de las frías aguas del Pacífico. Así como Misty flotaba sin ninguna esperanza, el hombre actual se encuentra vagando en un frío océano, ahogado por la culpa de sus faltas. Por sus propios medios jamás logrará salvarse. Pero su Creador ya hizo todo lo necesario para rescatarlo. Jesucristo vino para pagar el precio de la culpa humana y quitarnos la carga que nos mantiene muertos en nuestros propios delitos. Al igual que el médico de los guardacostas que le aplicó la respiración artificial a la pequeña Misty, Cristo nos llena de su aliento divino —el Espíritu Santo— para que volvamos a la vida, a una existencia con sentido, llena de su cuidado y de su amor.

Si sentimos que ya no podemos respirar libremente, que estamos muertos en el interior, y reconocemos que el único que puede reanimarnos es Dios, es hora de que se produzca una verdadera y milagrosa resurrección en nuestra vida.

Dios envió a su Hijo Jesucristo al mundo para rescatarnos, dando su vida como precio por nuestra libertad. Aceptemos el perdón que nos ofrece y el aliento de vida eterna.

jueves, 21 de mayo de 2009

Un Mensaje a la Conciencia

LA MUERTE VINO DE ABAJO
por el Hermano Pablo

Los seis jóvenes subieron al auto, alegres, despreocupados, chispeantes, divertidos. Eran tres parejas de novios que celebraban su graduación.

Subieron al auto y emprendieron una loca carrera por los caminos del sur de Francia. Pero había demasiado alcohol en el cerebro del conductor.

En una curva del camino el auto se salió de la vía. Cayó en una acequia de tres metros de profundidad que estaba llena de agua. El auto quedó encajonado en la acequia y les fue imposible abrir las puertas. El agua comenzó a subir, y lentamente los cubrió a todos. Esos últimos momentos fueron de horror. Los golpes sufridos por el accidente, junto con la asfixia, cobraron seis vidas jóvenes al mismo tiempo.

Los titulares de los periódicos anunciaron: «Un auto lleno de jóvenes cae en una acequia y se hunde en el agua. Fue imposible para los jóvenes abrir las puertas.»

¿A qué podemos atribuir estas muertes? ¿A la insensatez juvenil? ¿A la necedad de manejar a ciento sesenta kilómetros por hora en estado de embriaguez? ¿A la fatalidad cruel y despiadada? ¿Al castigo de Dios? Muchas conjeturas se pueden hacer sin llegar a nada, pero una cosa sí es cierta. La muerte de esos seis jóvenes, tres parejas brillantes, simboliza la sociedad actual, que se halla encajonada como el auto en la acequia.

Podemos usar varias metáforas para describir la situación de nuestra sociedad. Podemos hablar de un «callejón sin salida», o de una «vía muerta» o de un «torrente irreversible». Pero siempre estaremos describiendo la misma situación: una sociedad rumbo a la destrucción inexorable. La destrucción de la familia es la prueba más evidente de ello.

¿Qué podemos hacer? El primero de los doce pasos del grupo «Alcohólicos Anónimos» dice: «Reconocemos que somos incapaces de vencer nuestro alcoholismo.» Mientras nos creemos capaces de resolver solos nuestros fracasos, nunca saldremos del infortunio. El segundo de los pasos dice así: «Sólo un poder superior al nuestro podrá cambiar nuestra condición.»

Esa condición que nos tiene dominados es el pecado que reina en nuestro corazón. Y el poder que puede rescatarnos es el poder de Jesucristo, el Hijo de Dios. San Pablo lo expresó de esta manera: «A la verdad, no me avergüenzo del Evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen» (Romanos 1:16). La única solución para la sociedad actual y para cada uno de nosotros es reconocer nuestra condición y luego aceptar el amor de Cristo. Gracias a Dios, es una solución que está al alcance de todos.